Siempre

Hoy, por esas cosas de la vida, nos hemos vuelto a encontrar. Sentado en mi mesa de un restaurante de moda, mi pareja leía en voz alta la carta mientras yo miraba por la ventana las luces de una ciudad despreocupada, casi insolente. Y entonces entraste tú. Ibas del brazo de un hombre que pasaba inadvertido mientras tú iluminabas cada espacio a tu alrededor y al acercarte a la mesa que tenías reservada me viste. Y pasó lo que dice una canción que tantas veces bailamos; «nuestras miradas se tropezaron y se asustaron y en un instante se acariciaron, se disfrutaron, para alejarse después con disimulo».
Durante un tiempo sólo era capaz de ver los dibujos que la lámpara que iluminaba mi mesa proyectaba en la pared. Todo daba vueltas y las fantasías que había construido para creer que ya no sentía nada por ti se convirtieron en pequeñas volutas de humo.
Mi pareja me preguntaba algo y yo asentía como un autómata porque mi pensamiento estaba a años luz de aquel instante. Entonces, impulsado por alguna extraña fuerza, me levanté y sin voluntad propia me dirigí al aseo. Y en el vestíbulo que separaba las puertas de las damas y los caballeros estabas esperándome impregnada de ese magnetismo salvaje que siempre te rodeó. Las palabras sobraban porque hablaban nuestros ojos. Sin dejar de mirarte abrí la puerta que estaba a mi derecha sin saber si había alguien dentro y cogiéndote por la cintura te arrastré al interior. La puerta no se había cerrado y ya estábamos mordiéndonos los labios. Nos saboreábamos con furia y desesperación, quizás buscando respuestas a tantas preguntas que nunca llegamos a hacernos. Nos abrazábamos con intensidad y nuestras manos recorrían todos los caminos que ya conocían de memoria. Nuestra ropa, asustada, se batía en retirada porque sabía que estaba en una batalla perdida, una de esas sin cuartel ni bandera blanca. Y el tiempo se detuvo. Y los límites desaparecieron. Y el espacio físico se volatilizó. Y la ley de la piel se impuso. Y la realidad nos encontró con la respiración entrecortada y abrazados como si fuésemos los últimos amantes de un extraño planeta lejano.
Abriste la puerta y mirándome en el reflejo del espejo me dijiste un simple «siempre». Mirando tus ojos en el reflejo del espejo te respondí «siempre».
Riad a las puertas del Desierto de Merzouga. Marruecos.

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