Prueba de amor

Me dijo que tenía mil pretendientes y que si realmente quería su consentimiento, tendría que pasar una prueba de valor intenso. Sólo aquel que la superase tendría derecho a tomar su corazón. Eso y un aval de cincuenta mil euros que previamente había que depositar ante notario, eso sí, siempre desde el amor.
Yo, que quedé deslumbrado por su belleza aquél día que, por casualidad, me tropecé con ella en la Calle Locura, acepté sin dudarlo. Cualquier cosa daría por tenerla entre mis brazos.
Publicó las bases en su página web. En ella se indicaba el día y lugar, además de una breve descripción de lo qué hacer: Cruzar un arenal pantanoso usando sólo troncos. Qué fácil, pensé.
Y así llegó el día señalado. Gracias a la precisa geolocalización compartida en su página, fue sencillo llegar puntual a la cita en la laguna. Allí estaba ella. Vestida con un precioso y vaporoso traje blanco y con los brazos abiertos al viento. Yo, justo en el otro extremo, dispuesto para su amor.
Sin pensarlo inicié el recorrido. De aquí para allá iba casi como un simio, a veces, como una rana. Había superado la mitad, cuando de pronto una vibración en mi pantalón casi el equilibro me hizo perder. Me detuve y del bolsillo el móvil saqué. Era ella que mandaba un WhatsApp. Me decía que no era grácil, más bien patoso y que si así su cariño quería ganar.
No le contesté y herido en mi orgullo en un pequeño saltamontes me transformé. De tronco en tronco salté, casi como un Kung Fu Panda y en un pis-pás llegué a su falda.
Sorprendida me miró, la sonrisa borrada, se notaba que pensaba en la cuenta del banco y en el aval que no se haría efectivo porque yo del trance había salido vivo.
Hola cariño, dije zalamero. Creo que un piquito me he ganado y acercando mi boca a sus labios esperé lo tan deseado. Y me dio un beso que me hizo tocar el cielo y a ella el cieno. Y es que al instante en sapo se convirtió y dando saltitos de una belleza sin igual al barro fue a nadar.
Pobre chica estarás pensando y sin duda te estás equivocando. Yo me quedé sin sus besos y ella consiguió un reino de troncos y barro.
Eso sí, ahora cuando voy al banco y un aval me piden, un beso les doy y por croar se desviven…

Punta Ancón. Trinidad. Cuba.

Entrada anterior
La ventana
Entrada siguiente
Almendraos en flor

Entradas relacionadas

No se han encontrado resultados.

Menú