Principio y fin

Aquí crecí.
Mirando el mismo paisaje que mis antepasados. Sintiendo el murmullo del brezo, que junto al aceviño, contaba las historias de nubes sin fin y días inmutables en el cambio de las estaciones.
Entre huertas de labranza, las paredes de piedra se afanaban en hacer horizontal una topografía casi vertical, aunque hoy en día, muchas de ellas ya perdieron la batalla con la gravedad y sobre todo con el olvido.
En cualquier rincón florecen cirueleros y perales en mayo o castañeros en octubre. Las papas tienen un sabor irrepetible y más abajo la viña da un caldo que hace tiempo era suplicado por media Europa.
Si vas con calma y prestas atención, encontrarás algunas piedras tatuadas con los símbolos que hicieron los guanches. Ellos también querían contar su historia.
Poco a poco me voy convirtiendo en una prolongación de estos riscos y de este tiempo y sé que terminaré por ser como esas piedras que, con sus musgos y líquenes, todo lo han visto.
Y cuando me transforme en cenizas, no estaría mal terminar en esta tierra que todo lo que toca hace florecer. ¿Dónde podría encontrar un lugar mejor para volver a empezar?
Costa de Anaga. Santa Cruz de Tenerife. Canarias. Spain.
 
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