La ventana indiscreta

Las sabanas de terciopelo negro cuentan la historia que aún ha de llegar. Sobre ellas cientos de pétalos de rosas rojas insinúan pasión y delicadeza. En una mesa color caoba, una botella de champán navega entre icebergs cúbicos en la hielera. A su lado dos copas se miran de reojo y vibran por el magnetismo del ambiente. La oscuridad apenas es perturbada por unas pequeñas velas que dibujan senderos en el suelo y las formas van y vienen por el capricho de sus llamas. Una música sutil y sensual impregna el aire con sus notas y el tiempo parece suspendido en él.
Espero paciente, mi corazón latiendo con fuerza. Escucho el ruido de la calle amortiguado por la altura de este séptimo piso. En mi mano tengo la llave de la puerta y sigo el trazado de las iniciales del hotel grabadas en ella. Entonces se escuchan tres suaves golpes. Me levanto de la silla en la que estaba sentado y abro la puerta. Entras, me miras a los ojos y pasas sin decir nada. Cierro la puerta detrás de ti. Aún no te has acostumbrado a la oscuridad y sin embargo te mueves con la facilidad y elegancia de una gata acostumbrada a los más altos tejados. Llevas el vestido rojo que te pedí y ya veremos si llevas lo que te dije que no te pusieras.
Giro la llave en la cerradura, la retiro, me acerco a la ventana y la tiro. Me miras y sonríes y al hacerlo las velas vibran alborotadas. Ambos sabemos que no saldremos de aquí mientras hayan paredes en pie. Lo demás es algo que será sólo de la piel…
Tinerhir. Marruecos.
El encuentro
Estoy aquí…
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