El encuentro

Nos vimos por una reunión de trabajo. Me dio la dirección de una cafetería que estaba a mitad de camino entre nosotros y al llegar ya estaba sentada esperando. Nos dimos la mano a modo de presentación y al hacerlo un chispazo nos sorprendió a los dos. Ella dijo algo sobre la electricidad estática y yo no supe qué decir…
Nos sentamos y empezó a contar cosas sobre el proyecto que había que desarrollar. Yo no entendía nada y la verdad, tampoco escuchaba. Miraba cómo sus manos se movían en el aire, la forma en que pestañeaba y aguantaba la respiración cada vez que acomodaba un mechón lleno de rebeldía detrás de su oreja.
Después de un momento llegó el camarero y con su interrupción regresé a la realidad y en cierta forma a la tranquilidad. Pedimos café y nuevamente nos quedamos a solas en aquella mesa y extrañamente pensé que la distancia que nos separaba era infinita.
De vez en cuando, por la entonación, intuía una pregunta y yo asentía o decía un sí sin saber a qué. Cada célula de mi cuerpo estaba concentrada en su forma de mirar y en aquellos ojos verdes que me llevaban a recuerdos de mi niñez.
Me movía desinquieto en mi silla y casi tiro el café que no recordaba como había llegado hasta la mesa. Y mientras, una necesidad casi irrefrenable iba creciendo en mi interior. Quería abrazarla como nunca había abrazado a nadie, pero no por unos segundos, sino por todos los segundos. Aparté la mirada asustado y la fijé en la lámpara que iluminaba nuestra esquina del café. Pensé: ¿nuestra esquina? y aún me puse más nervioso.
¿Estás bien?, escuché que preguntó y yo respondí con otro sí que sentía falso, porque lo cierto es que no estaba nada bien. Pero, ¿cómo le decía que quería saber todo sobre ella, qué cosas le daban miedo, cómo era su risa un domingo por la mañana, cuál era el sabor de sus labios?
Y así pasó el tiempo, ella allí y yo volando. Y al regresar a la realidad estábamos despidiéndonos en la puerta del local. Entonces nos dimos la mano y de nuevo otro chispazo, aún más intenso que el primero, nos hizo dar un salto. Y vi como el color de sus ojos se volvían de un verde irrepetible. Pasaron unos segundos en silencio y entonces, en una nueva entonación que acarició mi alma, me preguntó si tenía prisa, si quería otro café.
Tengo todo el tiempo del mundo para ti, le respondí.
Riad en Merzouga. Marruecos.
En una esquina
La ventana indiscreta
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