Ayer y hoy

Hubo un tiempo en que cada rincón estaba pintado de verde. Ese verde tan especial de las hojas de parra. Pero no especial porque fuese más intenso, delicado o sutil que otro verde del paisaje, sino porque al verlo siempre se intuían las posibilidades escondidas bajo su sombra.

En ese tiempo, el ajetreo era permanente. Siempre había algo que hacer…; Cavar la tierra, mantener las zarzas ocupando su lugar, ir a los barrancos a cortar cañas para fabricar horquetas que luego usarían para levantar la viña, la poda y sus inconfundibles “clicks”, sufrir las consecuencias por la noche de haber estado “azufrando” por la mañana, la vendimia, con sus colores y olores… En fin, un eterno proceso que según terminaba se unía al inicio del siguiente.

Claro, también había otras cuestiones menos técnicas y laboriosas; Madrugar, mucho, porque el campesino nunca deja para mañana lo que puede hacer muy temprano. Ver el amanecer con la frente perlada de sudor y sentir que todo vale la pena por un instante así. Romper unos tallos de hinojo y sentir la fragancia, fresca y dulce de su aroma. Encontrar a un amigo en un recodo del camino y hablar sobre cualquier cosa intrascendente, porque quizás las cosas importantes ya se dan por sabidas. Pedir ayuda para una labor y escuchar un «por supuesto» que se dice con el alma…

Todo cambia y hoy las cosas ya no son así. Ahora el silencio es cada vez más abrumadoramente ruidoso y la naturaleza va reconquistando el terreno que una vez le fue arrebatado sin pedirle permiso, pero sin romper un equilibrio siempre frágil.

Sin embargo, si caminas despacio y prestas atención, podrás escuchar conversaciones entrecortadas de aquel tiempo y sentir emociones que quedaron atrapadas en las piedras, en la tierra, en el aire.

Supongo que el tiempo se queda impregnado de algunas cosas esenciales, casi primitivas, y por eso se pueden sentir hoy de la misma forma que se sintieron ayer…

Valle de Taganana. Anaga. Santa Cruz de Tenerife.

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