Autopista al mar

Siempre me he sentido irremediablemente atraído por estas rectas, que sin serlo, me llevan al horizonte. Casi como luciérnaga hipnotizada por una brillante luz, me paro en esta discontinua línea blanca e intento comprender el camino. Cierro los ojos y tras rebotar en el asfalto, la luz llega más lenta y menos decidida a mi piel. Y así pienso que en cada paso que di quedaron mis aciertos y errores, un proceso eterno que se inició aquél día de primavera en el que nací y que desde entonces ha forjado, poco a poco, el ser humano que soy.

Detenido en este lugar, tan lejos de casa, el paralelismo simbólico es tan obvio…: A mi espalda el pasado, en este preciso trozo de carretera mi presente y ante mí el futuro. Una línea, que convertida en tiempo, podría equivaler a mi vida. Sin embargo, nada es nunca tan sencillo y las combinaciones para llegar al resultado, o sea, yo, son tan inmensas que quizás por ello un día, alguien con mis mismas inquietudes creó la definición libre albedrío.

Pero últimamente un idea ronda mi cabeza. Una especie de sensación de algo ya vivido, una certeza que casi se muestra para en el último instante desaparecer. En esos momentos de casi revelación me quedo con una duda: ¿Y si la respuesta a todas las preguntas fuese simplemente el comprender nuestro complicado mundo interior? ¿Y si después de todo, nosotros fuésemos el camino?

Mientras espero encontrar esas respuestas levanto un pie para avanzar. Mi futuro me espera…

Cayo Santa María. Caibarién. Villa Clara. Cuba.

Tiempo sin promesas

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Puesta de son
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