Ha pasado el tiempo mientras pensaba en mi tierra y sus gentes, en mis raíces y en lo que las alimenta y casi sin notarlo, la luz ha ido dejando su espacio a las sombras, porque en todo debe existir el equilibrio; en mis palabras y su significado, en su lectura e interpretación, en las nubes que, inmóviles, imitan al hielo, en el naranja del cielo que parece describir el roce de unas manos sobre una piel incandescente.
Pero ahora he de girarme. A mi espalda una imagen me espera. Una en la que unos coches dibujarán un camino en suave zig-zag. Una que llamaré “caminando”, aunque aún eso no lo sepa. Y así, el final se convierte en principio y lo que creía un inicio se ha transformado en un maravilloso fin. Y es que en un ocaso todo es posible, porque durante un efímero instante, luz y oscuridad existen en perfecta armonía.
Desde montaña Samara. Parque Nacional del Teide. Tenerife.
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