Lágrimas en la arena

La soledad era tan infinita que cuando miró hacia atrás no pudo encontrar sus huellas a pesar de sentir como a cada paso se hundía más y más en el mundo. Un mundo frío y lleno de aristas cortantes en el que una tierra yerma y sin futuro se expandía fuera de control.
El viento borraba cualquier rastro de esperanza y el mar perdió su color convirtiéndose en una interminable superficie de tristeza y desolación.
¿Es así cómo te sientes cuando te rompen el corazón?, pensó.
Intentó recordar como era el sonido de su risa, buscó en su interior aquellas cosas que la hacían vibrar y después de encontrar sólo un vacío negro y pesado comprendió que todo estaba muerto.
Cerró los ojos y escuchó. El silencio era abrumador y sus latidos casi inexistentes. En su interior no había nada; ni rabia, ni frustración, ni decepción, ni ira, ni pasión… Sólo encontró una inmensa ausencia de todo.
Y sintió miedo, porque en ese instante, no sabía como encontrar una salida que la llevara a la luz.
Y entonces se abrazó. Y lo hizo como nadie jamás la abrazó antes. Notó sus brazos fuertes rodeándola y fue capaz de sentir como escribían palabras de cariño y ternura en su piel. Y cuando por fin rompió las ataduras que amordazaban su alma, todo se liberó en su interior y las lágrimas marcaron trazas húmedas en su cara para ir a parar a sus pies, en la fría arena negra.
Al abrir sus ojos las encontró convertidas en blancas perlas de hielo y supo que se había liberado del lastre.
Sólo ha sido una vivencia más, se dijo, y volvió a caminar. Ahora sus pisadas quedaban perfectamente dibujadas en el borde de la playa y los latidos de su corazón marcaban el ritmo de las olas.
Nada es para siempre, le dijo al viento…
Roque de las Bodegas. Anaga. Santa Cruz de Tenerife. Spain.
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