La ventana

Mirando como las nubes, en su mágica ingravidez, recorren mi ventana de derecha a izquierda, he recordado una historia de otra ventana, en otro lugar, en otro tiempo:
Le habían dicho que afuera ocurrían cosas malas. Que las personas hacían daño. Que en las sombras de los callejones se refugiaban ojos llenos de ira. Que las palabras disfrazaban mentiras. Que nada era lo que parecía.
Ella, que no conocía mucho de la vida y que amaba a quienes con aquellas palabras pretendían protegerla, les hacía caso y miraba el mundo a través de su ventana.
Se sentía segura con aquella lámina de cristal que la resguardaba del exterior, aunque algo que no podía explicar se iba formando en su interior. Ese algo crecía y por las noches, cuando se iba a dormir, le susurraba su mensaje al oído.
Un día un chico cruzó la calle delante de su ventana. No había nada de especial en aquello, pero por algún motivo indescifrable se fijó en él. Y lo hizo muchas veces, porque cada día a partir de aquel, él pasaba junto a su ventana a la misma hora, en la misma dirección.
Y se fue fijando en los detalles, descifrando sus mensajes; Si hacía viento, veía los remolinos en su pelo. Con el calor casi podía sentir las gotitas de sudor en su piel y con el frío observaba el vaho de su respiración. Unas veces intuía las preocupaciones por las arrugas de su frente y otras la alegría intensa por la forma de su sonrisa. Comprendió la prisa en su manera de andar y la serenidad cuando pasaba despacio y con las manos en los bolsillos. Si se paraba a hablar con alguien reconocía el cariño y el respeto en sus gestos, en su mirada.
Finalmente, un día, aquel susurro que había ido creciendo en su interior se convirtió en casi un grito y comprendió con dolorosa violencia el mensaje en él entretejido: Te estás perdiendo la vida, decía su alma. ¿No entiendes que detrás de una ventana, ves y sientes como si estuvieses en una cárcel? ¿Y que aunque afuera existen peligros, también hay cosas maravillosas por descubrir?
Así que cerró la ventana. Lentamente pasó cada uno de sus fechillos y por vez primera la vio como algo que permitía entrar la luz y no como una forma de excluirla del exterior.
Se dirigió a la puerta y la abrió en el justo instante en que, como cada día, llegaba el chico. Se acercó a él y le preguntó si podía acompañarle. -Claro-, respondió. -Llevo mucho tiempo esperando a que abandonases esa ventana. La tomó de la mano y mirándola a los ojos de dijo: -Bienvenida a la maravillosa aventura de la vida…
Yaiza. Lanzarote. Islas Canarias. Spain.
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