Hay días que da igual cómo te pongas; Todo lo encuentras cuesta arriba. No sé qué extraña alineación de planetas confluye para que esto ocurra. Puede que estemos transitando en una fase de baja frecuencia de nuestra energía. Que una pequeña mariposa haya movido sus alas con cierta intensidad en el otro lado del mundo. O quizás sólo se deba a que tenía que ser así…
Riiingg, oyes el despertador. Te levantas y al poner un pie en el suelo te clavas un Rayo McQueen metálico que no sabes qué hacía ahí. Con el pie latiendo de dolor llegas a la puerta del dormitorio, todo está muy oscuro pero no prestas atención, así que no sabes que la puerta está entornada hasta que te das con ella en el pie que escapó del cochecito infernal. Cojeando llegas al baño y refunfuñando de dolor aprietas el interruptor… y no pasa nada… ¡Mierda, no hay luz! Pones tu cerebro a funcionar intentando no acordarte de los de Pixar y recuerdas las velas y el mechero que está en el armario para los baños relax que a veces organizas. Bien, soy un crack dices en voz baja. Con la iluminación de la velas y esa atmósfera romántica que has creado coges la afeitadora, la enchufas y… !Mierda, qué no hay luz! Menudo crack, vuelves a decir. Tranquilidad, Plan B, la maquinilla manual. A tientas rebuscas en el armario y la encuentras en una esquina del segundo estante y la crema a su izquierda. La luz de las velas es romántica, pero no se ve un carajo. No sueles afeitarte con la manual y no te suena el olor a menta fresca del gel de afeitar pero vas pillado de tiempo así que ni te lo piensas. Al poco de empezar con la maquinilla, zas, corte en la mejilla y sueltas un ¡joder, mierda de día! que aún no sabes cómo de cierto va a ser. Terminas de afeitarte, coges una de las velas, la acercas al espejo, te miras y los ojos se te abren como platos. Tienes la cara como un mapa de tantos cortes como ves… Y ahora sí que te acuerdas de la madre de todos los de Pixar y los de la compañía eléctrica. Contrariado coges el cepillo y le pones la pasta y en cuanto has frotado un poco en tus dientes el sabor a jabón inunda tu boca. ¡Pero qué…! dices con la boca llena de jabón. Te enjuagas mil veces y acercando la vela, que ya miras con odio, ves que has puesto gel de afeitar al cepillo de dientes y entonces se hace la luz, no la del techo, sino la de tu cerebro; ¡Te has afeitado con la maldita pasta de dientes! Sales del baño como si te persiguiese el diablo, vuelves al dormitorio y con la vela iluminas el suelo buscando el artefacto que inició tu calvario. Lo encuentras ahí en medio y ves que con esos ojillos azules te mira burlándose de ti. No lo piensas y le das una patada con todas tus ganas y por el dolor que de forma instantánea estalla en tu cerebro sabes que te has roto la uña del dedo gordo del pie derecho y que te has quemado parte del pecho con la cera caliente que se derramó de la maldita vela. Con lágrimas en los ojos por el dolor te sientas derrotado en la cama e intentas relajarte un poco. Coges el móvil y miras en la pantalla de inicio. Las 4:17 pone… No te lo crees. Miras el despertador y ves un 7 y un 38. Esto es alucinante dices. Buscas el reloj de pulsera en la mesilla y marca las 4:18. ¡Mierda, coño, joder! gritas sin pensar en los vecinos. El despertador se ha tenido que desprogramar con el apagón. Asumiendo la mayor de las derrotas te acuestas de nuevo y te da igual sentir como se está solidificando la cera en el pecho. No has cerrado los ojos y entonces todo estalla en blanco cegador. La luz ha vuelto y se han encendido todas las luces de la casa porque estuviste manipulando los interruptores cuando no había corriente y los pitidos del horno, del microondas, del ordenador y del despertador parecen reírse de ti. Te dan ganas de salir a gritar al balcón, pero tienes miedo de pisar en el suelo, así que te pasas la manta por la cabeza y esperas a que pase un día que casi no ha comenzado…
Lago Tislit. Marruecos.

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