Y así, en eterno movimiento, avanzar.

Unir hombro con hombro, como en la brega.

Vencer al adversario ayudándole luego a levantar.

No perder de vista el horizonte ni la meta final.

No olvidar nuestras raíces, esas que son la identidad.

Buscar el equilibrio en nuestra forma de evolucionar.

Ser conscientes de nuestras huellas al caminar.

No temer a las corrientes ni a los precipicios.

Todos los problemas se resuelven si estamos unidos.

Y cuando haya días grises y oscuros, que vendrán,

siempre habrá un faro que con su luz nos guiará.

Y es que un Pueblo no se forja en las fiestas y alegrías,

sino en aquellos momentos de cerrar los puños y apretar mandíbulas.

Sin que nadie te lo pida,

sentarte en una plaza.

Conversar con el viejito y preguntarle:

¿Abuelo, qué es la raza?

Verás orgullo en su mirada,

fortaleza en sus gestos,

convicción en sus palabras,

sonrisas en sus recuerdos.

Y en su piel miles de arrugas

tras una vida luchando por tus derechos.

Y en aquellos que aún son un proyecto,

confiar, son nuestro futuro.

Enseñarles que el respeto y el equilibrio

son fundamentales en este mundo.

Mostrarles que en sus manos

está el destino de los mares y vientos,

que cuidar de cada planta

es hacernos eternos.

Y si empezamos ya la siembra,

maravillosa será la cosecha,

porque desde el día en que nacieron,

ellos, ellos son nuestra TIERRA.

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