Sacudo la cabeza y alejo esas comparaciones con formas de mujer y también dejo en paz a unos pinos para que terminen sus juegos con las sombras. Pero una extraña revelación acude a mi pensamiento.
Mirando como la isla va descendiendo hasta tocar el océano en un punto que se oculta bajo las nubes, comprendo que este paisaje es perfecto para definirnos… ¿A quién?, te preguntarás. Pues a los Canarios, te respondo. Y es que somos así, unas veces tranquilos y pausados como el pinar acariciado por el sol del atardecer, otras en cambio, duros y tenaces como el negro picón (lapilli para los no isleños) cuando la vida nos brinda adversidades. Alegres y risueños como esas nubes que dibujan folías, isas o malagueñas, ariscos y testarudos como los vértices de los barrancos cuando nos ofenden.
Ellas alegres como hojas mecidas por el alisio y nosotros intensos y con determinación como lava cuesta abajo. Y todos, siempre, mirando al horizonte, porque estar rodeados de agua, más que encarcelados, no hace libres…
Nacimos entre volcanes y al igual que ellos, nos gustan los silencios, porque aprendimos que con un gesto se puede decir cualquier cosa.
Caminando entre volcanes, así siento a mi pueblo…
Desde montaña Samara. Parque Nacional del Teide. Tenerife.
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