Lo observo. Está ahí, inmóvil pero rebosante de vida. Anclado al tiempo pero experimentando las estaciones. Inmenso e intrigante y a la vez tan frágil e indefenso. Dejando en nuestras manos su destino, cuando lo cierto es que existe mucho antes que nosotros.
Deberíamos cuidarlo como a un hijo. Respetarlo como a una madre. Amarlo como a una amante. Sentirlo como una parte de nosotros mismos.
Y es que no se trata de ser más o menos sensible con este posicionamiento de respeto por el medio. Debería convertirse en una obligación, ya que cualquier otra postura sólo ha servido para hacerle daño una y otra vez.
Así pienso que la solución está en nuestros hijos y en las generaciones venideras. En su educación. Pero no en que memoricen la altura de las montañas más representativas, en que aprendan la diferencia entre hojas caducas y perennes o en que conozcan el proceso de la fotosíntesis. Hablo de sentir su energía, de ver los tirabuzones que hacen las hojas al caer, de escuchar la magia de su sonido o en dibujar el verde sentado bajo su sombra.
Sólo se puede amar algo cuando lo ves, lo oyes, lo tocas, lo hueles… Debemos enseñarles a sentir… Es una gran responsabilidad para nosotros y aún más para ellos, pero el futuro del planeta está, literalmente, en sus manos y en parte en las nuestras… Hagamos entonces…
Monte de las Vueltas. Anaga. Santa Cruz de Tenerife. Spain.
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